…y está donde ha estado siempre. Porque, ante la pobreza, la Iglesia permanece. Eso es lo que ha aprendido de María, que se mantiene a los pies de la cruz; aún no pudiendo desclavar a su hijo del madero ni enjugar las lágrimas de su rostro… Cuando la pobreza y la crisis no son mediáticas, la Iglesia ya está con los pobres, porque la fe que nace de la justicia nos compromete con ellos y nos moviliza a las fronteras. La Iglesia es también la voz más universal en estos días: ni Pedro Sánchez, ni Giuseppe Conte, Boris Johnson o Donald Trump consiguen llegar a tantos como lo hace la Iglesia, en la persona del Papa Francisco. Después de las impresionantes imágenes de la bendición Urbi et Orbi del Viernes Santo, una chica italiana escribía en Twitter: «doy gracias al Papa, como no creyente, porque sé que hoy también ha rezado por mí ».
Nadie habla más alto, más claro y más de cerca desde que empezó esta crisis. Un lenguaje austero en palabras y rico en símbolos; como la plaza San Pedro en estos días: tan vacía y, sin embargo, más llena que nunca y donde tantos nos estamos encontrando a través de la televisión. La Iglesia también aplaude en los balcones y voltea sus campanas a las ocho, también a las 12h. como oración por los enfermos y difuntos, está en Internet y en la radio celebrando la Eucaristía para muchos, rezando anónimamente en casa, animando a tantos que se sienten solos, repartiendo comida y pensando en cómo adelantarse a las desigualdades que esta crisis va a generar cuando el confinamiento se levante y veamos los estragos que este virus ha dejado. También ahí la Iglesia seguirá estando, osada y valiente como tantas otras veces. Por todo ello, a estas alturas, quizás solo cabe dar una única respuesta. ¿Dónde está la Iglesia? En realidad, la Iglesia nunca se ha ido.
Vuestro párroco